Hoy Diego Latorre publicó en su cuenta de Instagram esta carta que le mandó Menotti, que corresponde a un artículo que él publicó hace tiempo y que según sus propias palabras “quería que la tuviese”.

Más allá de las polaridades argentinas de si el fútbol es de Bilardo o de Menotti, y cuidadito con mezclarlos, creo que habla desde el sentimiento, el cariño y casi desde la añoranza de un fútbol argentino cuyo estilo se desdibujó, que no tiene personalidad y que ha roto todos los espejos donde mirarse.

Busqué esta carta en internet pero no la encontré, por eso me pareció una buena idea que quede transcrita para que todos tengamos acceso a ella.

Espero que la disfruten, y la sufran, de la misma manera que yo.

Un abrazo futbolero.

 

Cada día se juega peor.

Cuando el mundo del fútbol salta de los barrios a los grandes escritorios, cuando dejó de importar el público para atraer espectadores, cuando lo único que interesa es el gran negocio, así van de la mano los poderes económicos y la prensa hegemónica, se asocian a esta depravación que ha sufrido y sufre el fútbol argentino.

Pero lo que nos duele es la profunda desculturalización del futbolista, apenas se sostiene por una genética maltratada, desconsiderada, que atenta de manera implacable con la formación de nuestros jugadores.

Mensajes permanentes exigiendo el éxito, cuando no aparece, los miserables responsables encuentran el camino del engaño para sostenerse en esta triste realidad que vive el fútbol argentino.

Se juega tan mal que habrá que admitir como dicen los memoriosos que esto que se ve es otro juego. El fútbol también tiene carácter cultural histórico, es cultural por sus valores, por su costumbre, su memoria. Se transmite de generaciones en generaciones, desde la familia, los barrios y sus equipos, sus calles, igual que la música, los bailes.

Así nació nuestro fútbol plagado de héroes que están en la memoria, de éxitos, de estilos impuestos y respetados en todo el mundo, una identidad. Hoy, juego previsible desbordado por el vértigo, robotizado, sin imaginación, pensado en la obstrucción nunca en la asociación, agresivo, vertical, rústico, enredado, confuso. A tal punto que no pueden dar cuatro pases seguidos y que apenas se sostienen desde lo individual, mostrando en algunos futbolistas la técnica y cierta riqueza en el trato de la pelota. Todo es errático no aciertan un pase a 5 metros, se chocan desde un descontrol que parece otro juego.

Esta desculturización evidente, sostenida desde lo “moderno” hace que aquellos que nacimos en los albores de este fenómeno futbolero sigamos plantados en el reclamo de rescate.

Si no rescatamos desde la historia nuestras raíces, si no peleamos por nuestra pertenencia, si no conservamos desde la memoria una herencia cultural de saberes, ideas, valores, para volverlas a examinar, debatirlas, salvaguardarlas, preservarlas, esta realidad no tiene retorno.

Recomponer la estirpe del fútbol argentino para jugar mejor. Retomar desde el comienzo formativo aquellos simples mensajes que nos formaron desde la esquina del barrio, la pelota es nuestra, se escuchaba como aliento, si no pensé nada te la devuelvo, primero toca después corre, el engaño, el freno y el arranque para reemplazar el vértigo descontrolado. Entender como dice E. Marin que una cabeza bien puesta vale más que una llena.

Encontrar la cultura del placer de jugar para que no nos transforme en mercenarios del éxito, quitándonos la ilusión de soñar y nos amontonen en un campo de batalla para dirimir en una lucha antiestética un resultado.

Que un campo de juego sea el escenario, el taller donde artesanos y artistas crean formas hilvanando figuras, incorporando y defendiendo el talento creativo, la inspiración que aparecía desde la elaboración.

Desterrar del fútbol la palabra derrota, fracaso. Juego para vencer no para derrotar, seremos más felices cuando ganemos y menos tristes cuando perdamos.