El fútbol es un deporte que últimamente polariza opiniones.

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Dirigentes corruptos, futbolistas evasores, árbitros dudosos, aficiones violentas y asesinos a sueldo con botines hicieron que muchos  hayan encontrado, por fin, muchas excusas para cargar contra nosotros: los futboleros.

Decía Iñako Díaz Guerra hace unos días que “El fútbol es mentir”, y terminaba su reflexión planteando una pregunta tan inocente como difícil de contestar: “¿A quién hacemos daño?”.

Las hordas de críticos que enaltecen sus respectivos deportes deleznando un fútbol, al que en el fondo no renuncian en su intimidad, sólo pueden agachar la cabeza en este punto, porque los millones de enfermos -y no hablo de los enfermos violentos claro está- por este deporte que hay en este planeta no generamos ningún perjuicio a nadie.

Los indignados por los sueldos de los futbolistas podrían llenar 50 Bernabéus, o 200, ¿pero entienden que, por ejemplo, el fútbol en España genera 7.600 millones de euros (el 0,75% del PBI), 140.000 puestos de trabajo y una recaudación en concepto de impuestos de 2.896 millones de euros? Y además, ¿qué culpa tienen los futbolistas de que otros deportes generen menos expectación o, mucho menos, de que sean incapaces de ser atractivos para algunas empresas y para la sociedad?

Y, cuidado, hay muchos y respetables argumentos en contra, aceptables y hasta reconocibles, sin necesidad de usar la expresión “a regañadientes”, ya que el fútbol de alto nivel está corrompido, maltratado, manoseado, menoscabado, arrasado, politizado, bastardeado y hasta pisoteado.

Sin embargo, siempre defenderé al fútbol, al deporte, como transmisor de valores que te preparan para afrontar situaciones reales. Sea en las divisiones inferiores de un club, como en el patio del cole, como en el potrero, no todo lo que se aprende es bueno, pero casi todo es útil, y hasta necesario. Ser jugador de fútbol, a cualquier nivel, te hace atravesar experiencias increíblemente positivas, pero también implica convivir con muchas circunstancias que no son del todo éticas o justas, con los llamados “códigos del fútbol”, ¿pero qué mejor escuela?

Compañeros que dan la vida por vos, y otros que no tanto, una autoridad que no siempre es justa, buenas y malas intenciones, indiferencia, pasión, amor, odio, juego limpio y sucio, trampa, belleza, sinsentidos, lesiones, recuperaciones, mentiras. Estrategia, psicología, superación, trabajo en equipo, sacrificio, esfuerzo, gestión del éxito y del fracaso, tareas, funciones, relevos, táctica, aprender a delegar, gestión del talento, coaching, liderazgo. Podría seguir durante horas…

En mi caso, el fútbol además me dio a mis mejores amigos, evasiones mentales que duran 90 minutos, y varios de los mejores momentos de mi vida, como ver jugar a mi hijo Valentín cada sábado.

‘Haters gonna hate’, y que siga siendo así. Todos los deportes tienen su belleza, a mí me gustan casi todos, y sobre todo si se practican al máximo nivel. Sólo me dejan de gustar cuando para enaltecer sus virtudes se comparan con el deporte más bonito del mundo.

Que cada uno disfrute de “su” deporte como le dé la gana. Sólo pido que me dejen seguir disfrutando del mío sin estigmatizarme, porque cuando juego no pongo en peligro a nadie más que a mí, y cuando lo veo en mi sofá con una cerveza y con mi hijo o con amigos al lado, no hago daño a nadie.