la mano de Dios

No hay frase que a lo largo de la historia del fútbol haya justificado más jugadas, decisiones arbitrales, declaraciones y resultados que “el fútbol es así”. Es una especie de paraguas que todo lo detiene, que todo lo argumenta, que todo lo puede… Pero ya cuando viene acompañada de “lo que pasa en la cancha, se queda en la cancha”, la otra gran oda a lo que se suele llamar el ‘folklore’ del fútbol, este deporte cobra una dimensión mística; casi indescifrable para todo aquel que nunca se haya vestido de corto, aún cuando haya visto millones de partidos por la tele.

Después de la desgracia de los Riazor Blues a manos del Frente Atlético, se han desatado todos los poderes fácticos de los organismos y asociaciones que rodean al fútbol. A excepción del inexplicable silencio del mismísimo presidente de la RFEF, todos se han manifestado en contra de continuar con la tolerancia a esta lacra que rodea a nuestro deporte favorito, y hasta se ha cobrado el puesto del, hasta no hace mucho, ‘todopoderoso’ Sr. Lendoiro por asistir al funeral de la última nefasta víctima balompédica.

Según lo que leo, los tiros se disparan en dirección a la penalización. Como aperitivo, 60.000 € de multa y 5 años sin pisar un estadio para los 88 implicados en la pelea dominguera, más otras sanciones algo menores a otros tantos.

El 15 de diciembre suena ya a fecha histórica, dado que era el día para el que se habían emplazado todos para redactar las bases legales del concurso que, de una vez por todas, parecía que iba a dejar a los violentos fuera de los campos, pero por ahora Villar permanece desaparecido. Además, suenan campanas de quitas de puntos y sanciones económicas para los clubes que no colaboren o que no tracen la misma línea en contra de los ultras.

Hasta aquí quiero decir que todo lo que se haga por convertir las gradas de los estadios de fútbol en espacios más seguros me parece poco, y que acepto y apoyo incondicionalmente que se trabaje en esta línea, porque creo que un estadio que entienda este deporte de una manera sana, y dentro de los límites de la ley y el reglamento, es posible y necesario.

Dicho esto, estoy convencido de que no es el único aspecto en el que hay que trabajar y que, justamente, hay algo de hipocresía en el ambiente… En todo lo que NO se hace.

Hace unos días, hablando con un irlandés muy futbolero y además jugador de rugby, me contaba que cualquier partido de fútbol entre Irlanda e Inglaterra podría acabar en peleas y disturbios callejeros. Lo contaba como algo inevitable; casi como una obviedad. Aunque acto seguido, se ponía en el mismo escenario pero cambiando el deporte al rugby, y explicaba, sorprendido, que cualquier irlandés podía estar sentado conversando con uno de camiseta blanca con una rosa en el pecho, sin ningún tipo de problema. Y él me preguntó: Why do you think that happens?

De golpe se hizo un silencio en la conversación. Los dos nos metimos cada uno en su interior, le dimos un trago a nuestra cerveza, y nos quedamos callados mirando el partido que estaban pasando en la tele del bar. Mascullando la respuesta, masticándola, puliendo lo que íbamos a decir. A mi me vinieron a la cabeza muchas conversaciones con otros amigos ‘rugbiers’. Aquella odiosa comparativa que reza que “el rugby es un deporte de animales jugado por caballeros, y que el fútbol es un deporte de caballeros jugado por animales”; pensé en el ‘status’ socioeconómico que suele envolver a uno y a otro deporte, e incluso me vi tentado de usar ese paraguas del que les hablaba en el título de este artículo.

Sin embargo, en un ejercicio inédito de sinceridad futbolera, en un arrebato que creo que jamás volveré a repetir, dije las palabras “trampa” y “cheat”. Mi amigo irlandés me miró 5 segundos después, con un gesto como asintiendo.

Desarrollé mi teoría haciendo gala de la fama que nos cuelga a todos los argentinos. Durante media hora casi no lo dejé ni hablar, aunque aquí intentaré resumirlo en una frase, que más bien he recuperado del cancionero popular para hacerle una pequeña modificación… Una ampliación:

“En la guerra como en el amor y en el fútbol, todo vale”

Todo vale mientras no te vea el árbitro. Todo vale mientras no te lo cobren, o no te lo piten. Todo vale mientras no dejes a tu equipo con 10. Todo vale mientras no te hayan visto las 32,5 miles de cámaras ubicadas en un campo de fútbol. Todo vale mientras tengas la picardía, la destreza, la inteligencia, la desfachatez y la suerte, de engañar al tipo que corre detrás de la pelota con un silbato en la mano, y que da igual si ahora son 5. Todo vale en el fútbol para ganar. Todo vale para sumar los 3 puntos o para pasar de ronda. Todo vale y lo sabemos todos.

El fútbol es un deporte tramposo, que da tantas alegrías como broncas, que emociona, que rebela, que hace que mucha gente se abrace y se insulte sin conocerse, que te da golpes y que los devuelves y en el que los caballeros no están tan bien vistos como parece. Pocos, muy pocos, tiran la pelota afuera si van camino de hacer un gol y hay un jugador del equipo contrario tirado en el suelo. Nadie, excepto Robbie Fowler, reconoce que una jugada no fue penal y lo tira afuera. No existe un jugador que devuelva la pelota al contrario sin maldecirse por dentro.

Como en el Truco o en el Mus, la mentira no solo está justificada sino que además es necesaria, la grada no quiere jugadores civilizados, quiere guerreros que sepan jugar al filo del reglamento. Maradona fue, es y será recordado por muchos años por ser un gran jugador de fútbol, probablemente el mejor que haya pisado una cancha jamás, pero también porque engañó a todo el mundo con un glorioso gol a los ingleses con la mano.

No nos engañemos, mientras no trabajemos en limpiar lo que sucede dentro de la cancha, mientras no otorguemos premios al buen comportamiento que excedan a la eterna mentira del ‘fair play’, mientras no desarrollemos reglamentos estrictos que reduzcan a la mínima expresión los lances que dan lugar a las dudas, mientras no hagamos respetar la figura del árbitro (y mientras sobre éstos no sobrevuele la sospecha de que pueden estar beneficiando a uno u otro equipo en un mismo partido), mientras sigamos sin penalizar con mano más dura el engaño o, en resumen, mientras no desterremos ese ‘folklore’, esos códigos del fútbol escondidos tras “lo que pasa en la cancha, se queda en la cancha”, la sensación de bronca, violencia y agresividad que rodea el estricto campo de juego seguirá por siempre.

El fútbol, tal cual es, tal cual está, es un deporte que muchas, pero muchas, veces es injusto. Y mientras siga así, los espectadores seguiremos insultando, gritando y queriendo que los que están en la otra tribuna con esos colores que no nos gustan nada, se vayan a casa decepcionados para poder cantarles: “mirá, mirá, mirá… Sacale una foto, se van para la casa con el c… roto”.

Otra cosa es que un fútbol tan limpio y tan justo, siga siendo el deporte más bonito del mundo.